Hoy
tuve que
volver a
corregir el libro.
Amigarme con una inspección minuciosa por los zócalos del verso, por el polvillo de las palabras infértiles, malheridas,
Que quieren salir al campo de batalla.
Meter metáforas,
endulzar al lenguaje
a tal punto que
la construcción del lecho mortuorio esté lista para empacar lo que
haya que desterrar.
Frases sueltas sin reparo
que develan marcas insólitas exponiendo puntos
que prefiero no traer a colación
O por lo menos
No topármelas de nuevo por el error propio de prenderle la luz en un poema;
De alquilarle un cuchitril en medio de la Morada San tus Muertos.
Sepultar todo
Como esa oportunidad desperdiciada de estafar al plan de vida
Y decir
“TOMÁ, AHÍ TENÉS!!! logré burlar la torre carcelaria del destino”….
No sé qué tan bien hago envenenado la tierra que cobijará al muerto
prendiendo una vela entre sincero y siniestro
pero eso sí;
el libro debe estar cubierto de un cianuro legible,
Y es por eso que para lo que algunos es una corrección,
para mí es cerrarles los ojos con monedas de bronce
arrojando poema a poema en su propio barco próximo a incendiar
sin fe de que llegue a tierra firme.
Quedarán varados en la anchura del tiempo atlántico
haciendo noche en la dulce Morada
San tus Muertos.
Recordando todo, lo que se quema y queda
en el borde de la proa
sin poder extinguirse y hace levantar
la tumba del poema.
