María Antonieta se revolvió en la cama antes de despertar por completo. La leve incomodidad se le fue haciendo presente poco a poco. Revisó la humedad con sus dedos. El color le confirmó que, otra vez, un suicidio colectivo había ocurrido en su endometrio. Empezaban a llegarle ya noticias de un breve luto de jaquecas y cólicos.
“Es tan variable” —se quejó—; “nunca lo puedo predecir”. La imagen de Teresilla con sus pantaloncitos grises y sus tenis blancos ocupó su conciencia. María Antonieta tenía un sueño recurrente: un cuerpo en una contorsión extraña, tirado en el piso. Ella sabía bien lo que significaba, pero bloqueaba en el instante cualquier referencia al asunto.
Había desarrollado toda una serie de técnicas para distraerse: el noticiero de la mañana, el cuidadoso ritual de preparación para elegir su ropa, vestirse, preparar y consumir el desayuno. Hoy, en particular, tendría la mejor distracción de todas: viajaría medio planeta, llegaría a un lugar donde sí había problemas. Sin pensarlo dos veces, respondió a la convocatoria de voluntarios en el hospital —ella tenía experiencia en primeros auxilios, en situaciones de desastre—. Hoy saldría a un país totalmente ajeno, con otro idioma, con otra religión, donde nadie conociera más de ella que sus habilidades de enfermera, de sanadora, de refugio. El grupo de auxilio se reuniría en el aeropuerto al medio día y volarían por unas veinte horas, antes de llegar a su destino. María Antonieta conocía a los demás miembros de la caravana por reputación, sólamente; eso la aliviaba y la inquietaba al mismo tiempo.
Una escena en el noticiero de la televisión la congela: Gente corriendo en conmoción, atropellando cajas en un mercado, en algún lugar del planeta. Tiene que salir, llegar a tiempo, pero no puede desprenderse —recuerda que Teresilla podía quedarse dormida en las posiciones y lugares menos esperados: durante el desfile de una banda de trompetas y tambores, acostada de cabeza en el sofá de la sala…—. La escena ha pasado. El noticiero está terminando. Finalmente, como si fuera otra persona, lo apaga y sale a la calle.
Desde que se quedó sola (Tere tendría entonces como cuatro años), María Antonieta se había encargado de la cafetería del hospital y la había convertido en un verdadero restaurante. Su entrenamiento profesional como enfermera y su participación en las acciones de apoyo en emergencias le habían asegurado la buena voluntad de los directivos del Instituto.
Pero no era suficiente. Llevaba una carga demasiado pesada. Los días se llenaban de ocupaciones sin sentido: formas qué llenar, solicitudes qué atender, entrevistas… María Antonieta sentía cada vez más lejanos los días en que hacía planes; los días en que se soñaba con sobrinos, hijos y nietos, haciendo pasteles, contando cuentos, secando lágrimas. Había tenido que pasar sola su último cumpleaños y eso la había de-primido. Los años pasaban y ella no tenía nada qué mostrar, nadie con quien compartir.
Y, encima de todo, se había vuelto consciente de esas pequeñas manías que caracterizan una vejez solitaria: La repulsión y la angustia que le provocaba el olor de los mangos, por ejemplo. ¡Eso no era normal a su edad: no llegaba aún a los cuarenta!.
Por eso había saltado a la oportunidad de dar un cambio radical a su vida —se decía como justificación o como reflexión ¿quién sabe?, mientras volaba—. La verdad es que nunca hubo un razonamiento: ver la convocatoria, llenar la solicitud y anexar sus documentos era algo que había hecho como en otra consciencia. Como hipnotizada, como ejecutando un programa automático, “como Adán, cuando tomó la manzana”, pensó, sin saber bien por qué.
Nada —ni la miseria del campo mexicano, ni el abandono de los niños en las ciudades, ni los enmascarados de la televisión—, nada había preparado a María Antonieta para los despojos de una guerra de verdad. Lo que más la conmovía no era la muerte, presente en todos lados, sino la terca resistencia a morir. Sin esperanzas, sin futuro, después de haber presenciado una muestra sustantiva de crueldad e indiferencia humanas, estos niños simplemente se negaban a morir.
En cuanto llegó, se entregó al trabajo. Pronto, la vista de cuerpos dolientes pasó a ser parte del fondo, lo mismo que los reporteros y los agentes de organizaciones internacionales de ayuda, como la que la había traído. Lo único que estaba siempre presente era esa negativa a morir, a dejarse llevar, a avanzar hacia un futuro vacío.
María Antonieta se miró las manos. Se concentró en los espacios entre sus dedos. En los embriones de pocas semanas, esos espacios no existen. Las células que forman el tejido entre ellos tienen que cometer suicidio —apoptosis, lo llama el clínico lenguaje de los biólogos— para lograr la destreza que manifestamos en guitarras, caligrafías y caricias en el pelo.
“En el vasto esquema de las cosas”, pensó, “una vida es una gota de agua en el mar”.
Tomó su maletín y, tratando de no pensar demasiado, dejó a su cuer-po caminar hacia los pobres camastros con gente sin esperanza. Le sorprendió el desdoblamiento que sufrió. Como si ella se viera desde lejos limpiar heridas, lavar abscesos, coser y vendar. Como si fuera otra persona quien lo estuviera haciendo. No se conocía esa serenidad y se preguntó si sería parte del shock. Aun al terminar la jornada, y caer en su catre de campaña, esperó la angustia y el temblor en vano: nunca llegaron. Se quedó dormida inmediatamente, hasta la madrugada.
El sueño no fue reparador. Al levantarse, le pareció que pesaba tres veces más; que el aire era más denso y más seco; que el sol la había elegido como víctima. No tuvo fuerzas ni para llorar.
Se levantó, a pesar de todo. Fue por los botes y partió en busca de agua al depósito. Enfocó su mente en el siguiente paso que iban a dar sus pies; no más allá. Después, en el siguiente paso. El polvo trató de distraerla, pero ella se concentró en mover los botes con agua. Los lamentos de los enfermos la llamaban como el canto de las sirenas, pero ella se ató con sus brazos al mástil sobre sus hombros, los botes colgando en sus extremos, y avanzó, paso por paso. Desde las plataformas de los camiones, los cuerpos inertes la llamaban:
“Ven, aquí sí se descansa. Para siempre.”
Ella dio el siguiente paso; luego, el siguiente. No pensó en que el día se alargaba interminablemente. No sintió el hambre, ni el cansancio, ni la soledad. Sólo sentía el piso bajo sus sandalias y el siguiente paso.
De repente, el día se terminó.
De regreso al galerón, se dejó caer en el catre y trató de dormir. Todo era distinto de la noche anterior. Apenas caía al sueño, la despertaba una sensación de dolor, de entumecimiento, en las articulaciones. Ella misma no reconoció los síntomas, ni siquiera la mañana siguiente, cuando no pudo levantarse. La situación en el campamento era tan caótica, que nadie la extrañó. Tendida, sintió que se apagaba poco a poco, como si se le fuera acabando la batería.
“Me voy a morir”, se dijo, “Y es justo: me lo merezco.”
Se deslizó al sueño otra vez y, nunca supo si dormida o despierta, revivió la escena que jamás se había permitido recordar:
Un mercado mexicano. Un cuerpo tirado en la calle, en una contorsión extraña. Es el cuerpo de una niña: de su niña, de Teresa. Cuando la gente se retira, cuando se levanta del piso, allí queda ella. ¿Se durmió en el pavimento?
Repite la escena una y otra vez: la conmoción, la gente corriendo, los disparos, la gente tirándose al piso.
“¿Tere? ¿Dónde está?”
Su cuerpo pequeño, retorcido en el piso; su pelo —normalmente cepillado y limpio— alborotado y con pedacitos de paja; sus pantalones y sudadera manchados con rodetes pardos; un agujero en la rodilla de su pantalón; su nariz colorada; un ojo abierto y el otro cerrado.
“Y todo, ¿por qué? ¿Por llevarla al mercado a comprar mangos? ¿Porque quería que ella los conociera? ¿Por un estallido de violencia tan absurdamente aleatorio como una epidemia?”
Termina la escena y empieza otra vez, con más detalle: los truenos, que no identificó en el momento como disparos; la agitación de la gente corriendo y tirándose al piso; la luz del sol en el polvo entre las lonas sobre los puestos del mercado; el silencio. La gente retirándose con desconfianza; María Antonieta dándose cuenta de que se ha sentado en la banqueta y de que un hombre se ha acercado a sostenerla para que no se desplome; el sabor a cobre en la boca; la cara de su Teresita, mucho más allá de la tranquilidad, infinitamente más allá de los desvanecimientos de sus peores calenturas; la imposibilidad de volver atrás el tiempo.
Cuando despertó, ya había amanecido. Por un momento, sintió el vientecillo fresco que entraba moviendo la cortina de la tienda. Pensó que se tendría que levantar. Oyó a los niños correr entre el polvo. Sonrió al pensar que la seguirían al regresar del pozo, en la tarde. Estos niños de tierra, secos como mazapanes oscuros, que nunca habían visto el mar y para quienes el agua era un lujo mayor que el dulce.
Sí, los reuniría otra vez cuando cayera el sol y les contaría por centésima vez la historia de Buellia frigida, un líquen que crece en la Antártida, bajo las piedras. Crece un centímetro cada mil años, porque tiene que esperar que el brevísimo verano polar derrita unas gotas de agua que disuelvan unos granos de mineral; los incorpora y a los pocos días volverá a congelarse, hasta el siguiente verano.
“¡Pero vive, y crece!”, gritarían en silencio los ojos de los niños, fijos en ella, a pesar de haber oído el mismo cuento tantas veces, que podrían repetirlo ellos mismos. Seguramente lo harán, a sus hijos y nietos, duros, resilientes, como de hule.
Sí, vive. Y crece.