Me amarraron los brazos con mecate delgado. No porque lo solicitara así. Fue parte del paquete. Penitente voluntario. Así me anoté. Así lo anotó ella.
Lupe.
La hija de la señora de los duraznos podridos en la esquina del mercado. Lupe, que me dijo si no haces algo por tu alma, olvídate de mí.
Y ahora aquí estoy.
Descalzo.
La espalda pelona.
Una cruz de pino me va royendo las vértebras como termita hambrienta.
Y yo, como un gran imbécil, caminando en cámara lenta por las calles precipitosas de Taxco.
Sudo. Me arde. Me tiembla el labio de abajo. No por el dolor. Por la rabia.
La rabia de saber que todo esto, en el fondo, lo estoy haciendo por acostarme con ella.
No se lo digas a nadie, pero ni creo en Dios.
El padre Ángel dijo que no importaba. Que la fe se puede inventar, como un aliento mentolado. Falso, pero útil.
Que cargar una cruz es como limpiarse la conciencia con lija.
Que lo que duele, cura, sana.
A cada paso, una madre me toma fotos. Le dice a su niño: Mira, hijo, estos son hombres de verdad.
Me dan ganas de voltear, mostrarle mis dedos partidos y decirle:
¿Esto te parece ser un hombre? ¿Esto?
Dos cuadras atrás, un pobre diablo se desmayó. Cayó de lado como tronco recién cortado. La cruz le rompió la nariz.
La sangre en el empedrado parecía una obra de arte abstracta.
Lupe está viéndome desde un balcón.
No grita.
No aplaude.
Solo fuma.
Un cigarro con labial rojo en la boquilla.
Esa sádica me dijo que solo me creería que la quería si sangraba por amor.
Y yo le creí.
Tonto yo.
Una vieja me ofrece agua. No puedo tomarla. Tengo las manos atadas. Me la avienta en la cara.
¡Ánimo, hijo!
Como si me estuviera corriendo un maratón.
La cruz me aplasta. Siento las clavículas rendirse. El cuerpo no está hecho para esto. Nadie lo está.
Pero tus pensamientos no importan. Solo importa que sangres como mártir.
Solo te aplauden.
Te graban.
Te inmortalizan como el idiota que quiso redimirse arrastrando madera en la espalda como mula y los pies llenos de ampollas reventadas.
Yo no quiero redención.
Quiero olvidar.
Quiero dejar de pensar en las cosas que hice.
En el morro que empujé del cerro. En la bodega donde escondimos la pipa y la hierba. En el embarazo interrumpido.
Quiero que me duela tanto que ya no tenga cabeza para nada más.
Lupe se bajó del balcón.
Ahora está entre la gente.
Cerca. Tan cerca y tan lejos. Eres María Magdalena. Eres Judas Iscariote.
Siento su perfume corriente entre el incienso. Como si la cruz se encogiera de pronto y su cara me quedara justo al nivel del ojo.
Ya casi, me dice.
No sonríe.
Solo lo dice.
Como si me esperara del otro lado de la cuesta.
Como si ya supiera que me voy a caer.
Y sí.
Me caigo.
Las rodillas crujen. El pecho es aplastado por la madera.
Hay un silencio cortito. Como un orgasmo al revés.
Y luego el cuchicheo.
Las manos que no ayudan.
Las cámaras que graban.
Lupe se agacha.
Me mira desde arriba.
Como si yo fuera el Cristo de yeso que se rompió en su altar.
No llores, me dice.
Y no estoy llorando.
Estoy deseando no levantarme.
Pero me levanto.
No por fe.
Ni por Dios.
Ni por orgullo.
Sino porque ella está ahí.
Y me quiere ver sufrir un poco más.
El sábado amanezco con los pies reventados como tunas.
La espalda parece una tabla de picar carne.
Pero la cruz se quedó en la iglesia, recargada contra la pared como un esqueleto sin tumba.
Lupe me trae café.
Sin azúcar.
Sin leche.
Negro como mi conciencia.
No te moriste, me dice.
Y yo no sé si eso es bueno o malo.
Le pregunto si ahora sí cree en mí amor por ella.
Lupe se sienta en la orilla de la cama, se saca las sandalias, me muestra los pies.
Ampollas, sangre seca.
Ella también caminó.
No como penitente, sino detrás de mí.
Descalza.
Todo el jodido viacrucis.
Sin decir nada.
—No se trata de que crea —me dice—
Se trata de que no te olvides de quién eres de ahora en adelante,
después de todo esto.
Y ahí está.
Mi redención se llama Lupe.
Y tiene las rodillas raspadas y las uñas sucias.
Domingo.
Queman los Judas en el zócalo.
Explotan como promesas de campaña.
Los niños gritan. Los viejos dormitan mientras rezan. Los turistas aplauden.
Yo la miro a ella.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estoy pensando en acostarme con ella.
Estoy pensando en clavarme.
Clavarme en ella.
No con el cuerpo.
Con el alma.
Sí, ya sé.
Soy cursi.
Que idiota.
Hipócrita convertido.
Pero qué le voy a hacer.
La Semana Santa es así:
O te vale…
O te resucita.
Y yo estoy aquí.
Vivo.
Con las cicatrices frescas y el corazón agitado.
Como si me acabaran de parir otra vez.
Pero esta vez, no por Dios.
Sino por ella, por una conciencia limpia.
