Soy el último ser humano que queda en la faz de la tierra. Un día desperté y todo mundo estaba desaparecido. La única manera que puedo describirlo es como si todo mundo se levantó, se fueron de picnic y me dejaron botada.
También al parecer soy indestructible y eterna. Han pasado quizás como 100 años. En los primeros meses contaba los segundos, los minutos, las horas, los días, con la esperanza que solo viene del creyente. Pero con el pasar del tiempo viendo que nadie regresaba comencé a olvidar ese concepto humano que necesita calendario y relojes. Mi espíritu era indómito y resiliente, pero de nada sirvió, así que ahora soy sarcástica, cínica y grosera, de esa manera duele menos tanta soledad.
Cuando pasó como tres meses y me di cuenta de que los desgraciados humanos no iban a volver, comencé a matarme. He tratado todas las formas humanas de morir y he tratado unas de mi propia invención.
Tomé pastillas para dormir, para los nervios, para vomitar y cagar, para la menopausia, para el cáncer, para los gases; ninguna hizo efecto, aparte de unas diarreas y vómitos que pensé que me iban a matar de deshidratación, nada me sucedió.
Hice una hoguera gigante y quise quemarme y aparte de unas cosquillas y dolor de cabeza, no perdí ni una pestaña. He bebido litros de cloro, lejía, alcohol y agua de charco. Me colgué del cuello en un árbol y allí me quedé una semana maldiciendo a esta existencia eterna y sofocante. Dejé de comer, de beber. No me bañé más a ver si una infección me llevaba. Todo fue inútil.
Me he tirado desde el edificio más alto, fui hasta el zoológico y solté a los animales, ninguno me quiso comer, me tiré a diferentes piscinas para ahogarme, me amarré a maletas llenas de piedras y me tiré al mar, no me ahogué, no me mató la presión, no me comieron los tiburones ni los peces; de hecho, por los seis meses que estuve allí, venían a verme todas las tardes como si yo fuera una decoración curiosa que les gritaba todas las obscenidades que había aprendido en 50 años de vida.
Cuando salí estaba cubierta de algas verdes y tenía pequeños moluscos viviendo debajo de los sobacos. Me monté en un barco y dejé que me llevara la corriente y estuve dando vueltas por el mar durante años. Arrastrada por las corrientes fui a parar a un nuevo continente. No sé dónde estoy, pero donde sea que esté la sensación de ausencia es la misma.
Si, soy eterna e indestructible, pero me duelen las rodillas, las caderas, las manos y el cuello. Tengo artritis; todavía me cuelga la panza y los senos, todavía tengo arrugas y papada, igualito tengo estrías y celulitis. No puedo caminar largos trechos, ni por supuesto correr ninguna distancia. Me da catarro, sufro de alergias y todavía sigo usando lentes. No soy más inteligente o estúpida que antes. No soy diferente, soy igual, la misma, congelada en tiempo y espacio.
No me tengo que preocupar de sobrevivir, ni de ser resiliente, ni si habrá comida o no. Yo solo existo, rodeada de perros y gatos que me siguen a todas partes. Los animales feroces comen de mis manos y son mis amigos. Soy más bestia que humana.
El otro día hablé y fue aterrador, porque si no hay humanos para escuchar lo que digo ¿realmente estoy hablando o solo estoy perpetuando una actividad que ya no es necesaria? Ya no necesito cuerdas vocales ni el don de la palabra.
He descubierto que cuando el ruido de los carros, de los celulares, de las ciudades, del hombre siendo hombre cesan, otros sonidos se escuchan. Por un tiempo los loros y pericos parloteaban el lenguaje humano, pero ya han pasado tantos años que ya no quedan rastros de ninguna palabra en ningún idioma. Los sonidos que ahora se escuchan son susurros, son ululantes, son agudos y bajos; disonantes, sin harmonía e incomprensibles. A veces están cerca y me aterran, otras veces están en la distancia. Además, hay una presencia que me acompaña a todas partes, una sombra que de vez en cuando puedo ver de reojo y que de vez en cuando me respira en el cuello. Al principio le llamaba y le imploraba que, aunque fuera un muerto, o un fantasma o un demonio, que por favor me hablara, que me acompañara. El terror del más abyecto y completo olvido era más grande que una entidad respirándome en la espalda.
Soy el último ser humano sobre la faz de la tierra. Camino cojeando desnudo o desnuda por calles y caminos y montes tanto en invierno como en verano. Ya no me acuerdo si soy hombre o mujer. Camino con mis perros, con mis gatos, con pájaros, con la sombra misteriosa que me sigue.
Han pasado mil años, del espíritu indómito que fui no queda ni un suspiro. La naturaleza a reclamado la tierra y borrado las huellas del hombre. Pero yo sigo aquí imborrable. Mi piel es verde, mi cabello arrastra y en el viven un millar de insectos. Solo veo manchas y sombras.
Soy el último ser humano, impermeable, indestructible, eterno. Soy una religión sin acólitos. Soy una deidad poderosa que convoca el viento, la lluvia y hasta el sol, pero nadie se arrodilla ante mi grandeza, estoy olvidada y petrificada en un altar sin esperanza…
