No había nada en la tele ni tampoco donde ir en un sábado, solo tú al final de La Pulga.
Vas cada que tu vida no tiene estructura, una tarde cuando calienta el sol.
Siempre es lo mismo.
Cerveza sobrevalorada. Baños que apestan. Las cosas baratas que nunca se venden.
Siempre es lo mismo.
Pero esta vez la cerveza no sabe igual. Caminar me pesa. El sol me marea a golpe limpio—de pronto me empieza a doler el estómago.
El dolor de estómago me lleva a un baño de Starbucks a un lado de la carretera—donde él me llama desde un huacal enfrente de un cartel de papel neón.
Y de pronto, la ropa usada, el premio barato, se convierten en aullidos que me despiertan a las 5 de la mañana.
El maíz ahumado convertido en baños en el lavabo de la cocina, y un acompañante en lugar de frágiles carcasas para el teléfono.
No he regresado a La Pulga en tres meses.
Mi entrada de $5 dólares me sale cada vez más cara y mi piel se
decolora.
Las frutas se pudren en la cajuela y las playeras de bandas palidecen bajo el sol.
He pensado en qué hubiera sido si me hubiera quedado en casa. Mi
corazón nunca hubiera conocido tanto dolor. Un hueco en el pecho que me hubiera ahorrado si tan sólo hubiera seguido caminando.
Pero entonces nunca hubiera sabido lo hermoso que fue amar a Capone.
Yo creo que ya no voy a regresar a La Pulga.
Ahí está resagado el fantasma de nuestros sueños.
Y de todas formas, las margaritas eran de puro hielo.
