El invierno me cae sin esperanza,
no anuncia primavera ni regreso.
No hay mesa, ni una voz, ni un leve beso
que al alma le devuelva su confianza.
Las sillas son fantasma en la balanza,
los platos sucios repiten su peso.
Mis manos tiemblan, y en su gris progreso
acarician la ausencia que me lanza.
No tengo ojos ya, ni carne viva,
ni labios que se atrevan a buscarte,
ni forma de abrazar lo que no es nada.
Se me caen las caricias, fugitiva
soy de un amor que muere al recordarte,
ojo de nieve en la calle desolada.