Efluvios del útero

El aire espeso se adhería a mi piel como una segunda epidermis. Era uno de esos crepúsculos en que el tiempo se pudre en el horizonte, filtrándose por la ventana empañada del baño en trozos de luz ámbar. Desde niña, aquel cuarto me hipnotizaba; un vientre de porcelana y óxido donde los murmullos de la casa se condensaban en susurros palpables. Los azulejos, blancos brillantes, exhibían ahora venas de moho que trepaban hacia el techo, dibujando constelaciones de negligencia y dolor; iluminados sólo por una vela, ya que olvidé pagar el recibo de luz. La humedad no solo habitaba el espacio, lo respiraba, exhalando un vapor que olía a sales desleídas y memoria.

Frente al espejo, mi reflejo se desdoblaba en capas. La superficie, agrietada en un rincón, devoraba fragmentos de mi rostro mientras las sombras del cuarto se fundían con mi silueta. Algo, o alguien, apareció detrás de mí, una silueta de fluidos blancos, los cuales se desvanecieron antes de que pudiera girar. El grifo goteaba con arritmia, cada plink resonando como un diente arrancado de una mandíbula invisible. Respiré hondo, y el aire se me enredó en la garganta: dulzón, empalagoso, como si el moho floreciera también dentro de mí.

La ducha estaba encendida. No recordaba haberla abierto.

El vapor ascendía en espirales hipnóticos, trazando dedos fantasmales que acariciaban el aire. Bajo el chorro, el agua se arremolinaba en la bañera, teñida de un verde opaco por algas microscópicas. Me desvestí sin prisa, sintiendo cómo la humedad lamía mis hombros desnudos; el primer contacto con el agua fue un escalofrío lento: tibia en la superficie, glacial en las profundidades. Las algas se enroscaron en mis tobillos, viscosas, como cabelleras de ahogadas.

El jabón, una barra olvidada en una esquina, desprendía un aroma a bergamota y podredumbre. Al frotarlo contra mi piel, la espuma burbujeó en tonalidades tornasoles, pero al escurrirse dejó rastros grisáceos, como ceniza. Noté un sabor metálico en la boca, había mordido mi labio sin darme cuenta; la sangre se mezcló con el agua, dibujando serpientes carmesíes que se diluyeron hacia el desagüe.

Fue entonces cuando la vi.

En el rincón más oscuro, donde la luz se doblaba sobre sí misma, una figura se erguía. No era humana, ni tampoco sombra: de nuevo esos fluidos, la silueta de masa pulsátil, cuyos contornos se deshacían y reformaban al ritmo de mi respiración. Avanzó hacia mí, deslizándose sobre el agua estancada. Su “piel” blanca era casi translúcida, revelando venas de humedad y hongos que palpitaban bajo la superficie.  No tenía rostro, pero sentí su mirada recorriéndome como una babosa sobre carne viva.

El cuarto entero latía ahora. Las paredes transpiraban un líquido ambarino oscuro que goteaba sobre mis hombros, frío y espeso. La figura alzó una mano, o algo que imitaba una mano, y tocó el espejo. Donde sus “dedos” rozaron el vidrio, el reflejo se quebró en mil fragmentos, mostrando por un instante… ¿Otra habitación? ¿Otro momento? Rostros desconocidos, pálidos y deformes, se apretujaban tras el cristal, sus bocas abiertas en gritos mudos.

Quise huir, pero el agua me retenía, sus algas convertidas en vendas alrededor de mis muslos. La figura se inclinó sobre mí. No olía a nada, o quizás a todo a la vez: semen seco, sudor maloliente, tierra de tumba, leche materna agria. Sus labios, si es que eran labios, rozaron mi cuello, el dolor fue como si una aguja a rojo vivo perforara mi yugular. Grité, pero el sonido se ahogó en el vapor.

En el éxtasis de aquella violación etérea, comprendí la verdad de mi baño. No era un refugio, era un desierto de intimidad.

Al despertar en el suelo de baldosas, horas o minutos después, todo parecía normal. El grifo cerrado, el espejo intacto. Pero al incorporarme, noté peso en mi vientre, algo se retorcía como un feto de ceniza. Las estrías en las paredes habían crecido, formando ahora un mapa de cicatrices que convergían hacia la bañera. Me acerqué, obligada por un impulso ajeno, y vomité un líquido negro y brillante; al caer en el agua, se elevó en forma de gotas que se unieron en hilos verticales, tejiendo una figura familiar en el aire: yo misma, pero distorsionada, sonriendo con dientes de musgo.

El verdadero horror no fue verla, fue sentir envidia.

Share!