No me descubras que yo ya te conozco,
te vi de lejos muchas veces en las perlas agrias de los otros.
No necesito calma ni consuelo.
Necesito reconocerme primero
en la ropa y en esa piel, inerme ante los profundos suelos.
A veces las aguas se calman con canelas,
a veces el infierno son los otros que uno tiene adentro.
Si me enfermo no espero a hacerme daño
con mi propio ácido, ni con mi suero.
Ahora busco sangrar la úlcera que en la garganta tengo
para que los veinte inviernos
lánguidos se queden hasta febrero
y que las aguas de las duras cavernosas
asomen su estrepitoso estruendo
en mi pecho de ronca onda.
