Agosto de 2024

En esta vida comprendí
que vivir es el infierno y
que perder los calcetines
equivale a perder también los estribos.

Que la desubicación,
la desaparición de las cosas
no son tan malas como con las personas,
pero que también alimentan mi odio,
la furia, y nadie deja de llorar,
de ir y de querer buscar en donde
ya encontraron lo que no quieren hallar.

Bañarse en tiempo récord,
lavarse las orejas
pa quitarse el homicidio
que cantan los audífonos;
sacarse a cada uno de ellos
para que entre Extremoduro
y todas esas bandas que más odio
y que un locutor imbécil ha metido
tras la puerta y bajo ella a fuerza
de rodar en radio,
taladrar en blando.

No hay espacio para dos
en la ciudad del odio,
las ratas corren como gente,
como cucarachas del DDT del capital,
del Baigón del hambre,
del Flit de la expulsión.

El mensaje, la disponibilidad,
más detalles, porfa, info, de favor…
El aval, disponibilidad, fiador,
escritura en garantía, investigación,
una carta de policía.

Y el cerco se cierra en torno al pescuezo
y las cosas van de mal en peor:
la suma sube, y sube y sube y sube.
Depósito, garantía, receptáculo de mierda;
pozo sin fondo, sin arcoíris al final.

Renta eterna, alquiler perpetuo
de una mazmorra inmunda que
se cae a cachos cada tumbo de mes,
cada abrir y cerrar la puerta.
Todo por un par de cerdos
que convinieron darse un coito asqueroso.
Por virtud ajena, por fugaz cogida,
estoy eternamente
                  condenado a la vida.

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