Esta gente son descendientes de Vikingos, su vida depende del mar, tienen olor a salitre. Van a hacer un almuerzo en mi honor. Acabamos de llegar de la escuela Náutica, allí fui presentada como una tenista famosa, me regalaron una raqueta y tomaron muchas fotos para su revista, en la entrevista habló él promotor, mi esposo, mientras yo le decía que nunca había jugado tenis, el traducía explicando mis logros y mis medallas, le preguntaba por qué les mentía y hablaba sobre mi trayectoria desde la adolescencia, muy atentos los jóvenes de vez en vez aplaudían, al final me hicieron algunos presentes, fotografiándose conmigo. Ya en casa me explicó su idea sobre la motivación de sus alumnos hacia el deporte. ¿Y aquí no hay Internet? Hasta en Alaska he visto a los niños celulares en mano debajo de aquellas carpas que llaman escuela, ¿Qué rincón de la tierra es este? Alega que solo quieren saber del mar y él quiere abrirle el diapasón, hacerle ver que existen otras cosas.
Ya me esperan para el almuerzo, alrededor de cincuenta invitados, familiares cercanos y lejanos, me dan la bienvenida, para ellos soy una famosa deportista, me abrigan y me sientan en un lugar privilegiado, todos quieren observarme de cerca, están muy orgullosos de tener una extranjera en sus predios, además mulata, bonita, latina que viene del trópico, soy un trofeo. Han preparado dos largas mesas de más de veinte metros en aquel inmenso patio cuyo pasto amarillento no ha sido recortado en meses, está lleno de banderas de colores claros y opacos. Cubren las mesas con finos manteles blancos, anchos, llegan al suelo, encima muchos platos, copas y vasijas de variadas formas ya servidas. Desde aquí diviso el mar, no tan bonito como mi mar, no están azul, hay neblina y mucho frío.
Me presentan, hablan de mí, aplauden y comienza el jolgorio, ¡Que alto hablan, todos a la vez! No entiendo una palabra, me parece estar viendo una película en árabe, chino u otro idioma difícil sin subtítulos. De hecho su idioma es muy difícil, por suerte tengo a mi lado a Klaus, no domina el español, pero nos entendemos:
—¿Qué sirven en esas copas grandes?
— Escabeche de pescado.
Se me retuerce el estómago solo de pensar en el pescado crudo, estoy en ayunas, anoche no pude comer, llevo una hora rechazando los platos que amablemente ellos me ofrecen, algo tendré que aceptar.
—¿Y eso de allí qué es?
— Sopa de almejas.
—¿Por qué está tan descolorida, no usan puré de tomate?
— Aquí no es como allá, los condimentos son otros, en esas mesas no hay frutas tropicales, solo unos plátanos, aquí son muy escasas.
—¿No hay arroz?
— Papas y tienen encima salsa de perejil blanca, no te van a gustar.
— Si tú lo dices, me conoces bien. Todo aquí es un lujo para los paladares amantes del pescado y esa no soy yo.
—¿Y aquellos pescaditos, se ven tan lindos?
—Son salmones crudos, en general la comido tiene mucho vinagre, los repollos rojos que ves allá son en escabeche, la carne frita lleva azúcar, no hagas esa mueca, sería descortés, los bistecs son de vuelta y vuelta, se los comen crudos.
—Tráeme una lasquita de queso.
—Es muy duro y muy salado, no es apropiado para ti. Esa carne que vez allí es reposada en salmuera, aquellos dulces tienen mucha mantequilla, otros canelas.
—Ni loco, la canela me sube la presión.
Son las cuatro de la tarde, esta gente no ha parado de conversar y comer pescado crudo, ya pasé a un segundo plano. Sigo sin probar bocado. Mi estómago no tiene traductor de Google.
—Mira lo que te traje—me dice Klaus.
En un inmenso plato seis bistecs con abundantes plátanos maduros todo frito. Mientras comía Klaus me explicó que aquí el gobierno paga a los ciudadanos por trabajar, por estar casados y si se trata de una extranjera más. Vienen a mi mente los buches amargos que he tragado para lograr la residencia en este país y como más tranquila, el juego está empatado uno a uno.